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REDBA - RED ASISTENCIAL DE BUENOS AIRES DIRECTOR GENERAL: Lic. Sergio Sáliche CURSO: Acompañante Terapéutico ( Especialización en Adolescentes) DOCENTES: Lic. Sergio Sáliche y Prof. Nancy Vera MONOGRAFÍA: "Adolescentes y salud mental" AUTORA: Silvia Alejandra Benitez CURSADA: Enero- Abril 2008 ENTREGA CERTIFICADO: 2 de Mayo de 2008 |
Introducción
En nuestros días se han acrecentado los conflictos familiares y sociales. Las tensiones del mundo actual llevan a los jóvenes a caer en conductas perturbadas que los adultos no comprenden y con respecto a las cuales no saben qué hacer. Sin embargo, hoy más que nunca, educar es también preservar y consolidar la salud mental de las nuevas generaciones, precisamente porque los problemas emocionales están más difundidos, son más intensos y pueden bloquear y malograr el resto de la acción educativa.
Esto exige un esfuerzo adicional y conocimientos adicionales. Los adultos deben saber que son ellos quienes frecuentemente provocan la enfermedad mental. Deben conocer cuando, cómo y porque lo hacen. El joven, por su parte, puede defender su salud si identifica las pautas enfermizas de su medio familiar y social.
Padres y adolescentes enfermos - Adolescentes enfermos y padres
¿Cuál seria el verdadero título? ¿Hay padres con adolescente enfermos? O ¿Hay adolescentes enfermos porque hay padres que inconscientemente los llevan a esa enfermedad?
A través de mis practicas llego a la conclusión que cada adolescente con el cual trate tiene detrás suyo unos padres o grupo familiar que irremediablemente lo conduce hacia una patología y muchas veces no le permite salir.
Si los padres antes de analizar a sus hijos, se analizaran a sí mismos, verían cuanto de sus altas causas son subjetivas, personales; aprenderían a relacionarse con el prójimo con el debido respeto frente a lo personal-ajeno y en consecuencia, no lucharían fanáticamente por sus ideas como si fueran santidades irrevocables, sino que tomarían conciencia de que en este mundo de libertad, las causas que no están cobijadas por la verdad son opiniones, artículos de pasión y de sentimiento, eminentemente de cada uno, y cada cual está facultado a aceptar, rechazar, meditar.
Todos somos adolescentes
Somos iguales, en una adolescencia perpetua. El adolescente es el que busca el camino. Nosotros, los padres, no lo hemos encontrado aún. Ergo, somos adolescentes.
Si uno mismo está perplejo y no sabe que rumbo tomar, que decirle a su hijo, por una parte se angustia, se llena de culpa, por otra, decide que, después de todo, esta en el mismo kilómetro cero que su hijo, y lo emula, compite con él en materia de juventud, eterna juventud, inagotable juventud.
¿Que hacer con un hijo adolescente?, Preguntan padres y madres azorados.
¿Que hacer con padres adolescentes?, Preguntan silenciosamente los hijos, y no saben cómo desprenderse de ellos.
No nos quieren iguales. No nos quieren tan comprensivos.
Y tampoco nos creen. Saben que éste es un juego, y que es hipócrita. El igual no es igual, y por lo tanto es falso. Tanta comprensión, tanta equiparación genera finalmente alejamiento, a veces repulsión, otras rebeldía, otras desesperación.
Los factores intrínsecos relacionados con la personalidad del adolescente son los que determinan en realidad las distintas expresiones de la conducta que importan para el tratamiento y para la comprensión de los problemas psiquiátricos y psicopatológicos en general de este período de la vida.
El adolescente atraviesa por desequilibrios e inestabilidad extremas. Lo que configura una entidad semipatológica, “ síndrome normal de la adolescencia”, que es perturbado y perturbador para el mundo adulto, pero necesario, para el adolescente, que en este proceso va a establecer su identidad, que es un objetivo fundamental de este momento vital.
Para ello, el adolescente no sólo debe enfrentar el mundo de los adultos para lo cual no está del todo preparado, sino que además debe desprenderse de su mundo infantil en el cual y con el cual, en la evolución normal, vivía cómoda y placenteramente, en relación de dependencia, con necesidades básicas satisfechas y roles claramente establecidos. Siguiendo las ideas de Aberasturi podemos decir que el adolescente realiza tres duelos fundamentales: a) el duelo por el cuerpo infantil perdido, b) el duelo por el rol y la identidad infantiles y c) el duelo por los padres de la infancia.
En virtud de la crisis esencial de la adolescencia, esta edad es la más apta para sufrir los impactos de una realidad frustrante.
Las modificaciones del medio van a determinar la expresión de la normal anormalidad del adolescente, pero de ninguna manera podemos condicionar toda la realidad bio-psicológica de este proceso evolutivo a las circunstancias exteriores. La necesidad de elaborar los duelos básicos obligan al adolescente a recurrir normalmente a manejos psicopáticos de actuación, que identifican su conducta. Se produce un cortocircuito del pensamiento en donde se observa la exclusión de lo conceptual lógico mediante la expresión a través de la acción, aunque en forma fugaz y transitoria, lo que diferencia al adolescente normal del psicópata, que persiste con intensidad en el uso de este modo de conducta.
El adolescente presenta una especial vulnerabilidad para asimilar los impactos proyectivos de padres, hermanos, amigos y de toda la sociedad. Es decir, es un receptáculo propicio para hacerse cargo de los conflictos de los demás y asumir los aspectos más enfermos del medio en que actúa. Esto es lo que actualmente presenciamos en nuestra sociedad que proyecta sus propias fallas en los así llamados desmanes de la juventud, a la que se responsabiliza de la delincuencia, las adicciones a las drogas, la prostitución, etc.
Es la sociedad la que recurre a un mecanismo esquizoide haciendo que una de sus propias partes en conflicto, como lo es la juventud, adquiera las características de todo lo malo y permita así la agresión del mundo del adulto, con singulares características sado-masoquistas.
La severidad y la violencia con que a veces se pretende reprimir a los jóvenes sólo engendra un distanciamiento mayor y una agravación de los conflictos, con el desarrollo de personalidades y grupos sociales más y más anormales, que última instancia implican una autodestrucción suicida de la sociedad.
Así vemos al adolescente, de uno y otro sexo, en conflicto, en lucha, en posición marginal frente a un mundo que coarta y reprime. Es esta marginase del joven lo que puede llevarlo a la psicopatía franca, a la actividad delictiva, o puede también ser un mecanismo de defensa por el cual preserva los valores esenciales de la especie humana, la capacidad de adaptarse modificando el medio que trata de negar la satisfacción instintiva y la posibilidad de llegar a una adultez positiva y creadora.
Es preciso destacar que el poder llegar a utilizar la genitalidad en la procreación es un hecho biopsicodinámico que determina una modificación esencial en el proceso del logro de la identidad adulta y que caracteriza la turbulencia e inestabilidad de la identidad adolescente. El acontecimiento de la maduración genital, psicodinámicamente considerado, junto con la reactivación de todas las etapas pregenitales de la evolución libidinal y con la interacción tumultuosa de los procesos psicológicos básicos dé disociación, proyección, introyección e identificación, irán estableciendo, de una manera algo confusa al principio y.-más estructurada después, la personalidad más o menos definida. Es decir, se logrará llegar a una verdadera cristalización del arduo proceso de individuación, que sería una de las funciones esenciales de esta etapa de la vida. El niño entra en la adolescencia con dificultades, conflictos e incertidumbres que se magnifican en este momento vital, para salir luego a la madurez estabilizada con determinado carácter y personalidad adultos.
La consecuencia final de la adolescencia sería un conocimiento del sí mismo como entidad biológica en el mundo, el todo biopsicosocial de cada ser en ese momento de la vida La consecuencia final de la adolescencia sería un conocimiento del sí mismo como entidad biológica en el mundo, el todo biopsicosocial de cada ser en ese momento de la vida
El cuerpo y el esquema corporal son dos variables íntimamente interrelacionadas que no deben desconocerse en la ecuación del proceso de definición del sí mismo y de la identidad.
El cuerpo y el esquema corporal son dos variables íntimamente interrelacionadas que no deben desconocerse en la ecuación del proceso de definición del sí mismo y de la identidad.
Puede aceptarse que en la pubertad ocurran cambios físicos en tres niveles fundamentales que son: un primer nivel donde la activación de las hormonas gonadotróficas de la hipófisis anterior produce el estímulo fisiológico necesario para la modificación sexual que ocurre en este período de la vida. En el segundo nivel tenemos las consecuencias inmediatas de la secreción de la gonadotrofina hipofisiaria y de la prosecución de la secreción de la hormona de crecimiento de la misma hipófisis: la producción de óvulos y espermatozoides maduros y también el aumento de la secreción de hormonas adrenocorticales como resultado de la estimulación de la hormona adrenocorticotrófica. En el tercer nivel se encuentra el desarrollo de las características sexuales primarias (con el agranda-miento del pene, los testículos, o el útero y la vagina) y el desarrollo de las características sexuales secundarias (con la maduración de los pechos, la modificación de la cintura escapularia y pelviana, el crecimiento del vello pubiano, los cambios de voz), a los que debemos agregar las modificaciones fisiológicas del crecimiento en general y de los cambios de tamaño, peso y proporción del cuerpo que se dan en este período vital.
El esquema corporal es una resultante intra-psíquica de la realidad del sujeto, es \decir, es la representación mental que el su jeto tiene de su propio cuerpo como consecuencia de sus experiencias en continua evolución. Esta noción del individuo se va estableciendo desde los, primeros movimientos dinámicos de disociación, • proyección e introyección que permiten el conocimiento del "self" y del mundo exterior, es decir, del mundo interno y del mundo externo . Aquí son de fundamental importancia los procesos de duelo con respecto al cuerpo infantil perdido, que obligan a una modificación del esquema corporal y del conocimiento físico de sí mismo en una forma muy característica para este período. Por supuesto, esto va ocurriendo con características diferentes desde el comienzo, mismo de la vida, pero cristaliza, en virtud de lo recién indicado, de una manera muy significativa y especial en la adolescencia.
El logro de un "autoconcepto" es lo que también 'Sherif y Sherif llaman el yo, desde un punto de vista psicológico no-psicoanalítico señalando que este autoconcepto se va desarrollando a medida que el sujeto va cambiando y se va integrando con las concepciones que acerca de él mismo tienen muchas personas, grupos e instituciones, 'y va asimilando todos los valores que constituyen el ambiente social.
Para Erikson , el problema clave de la identidad consiste en la capacidad del yo de mantener la mismidad y la continuidad frente a un destino cambiante, y por ello la identidad no significa para este autor un sistema interno, cerrado, impenetrable al cambio, sino más bien un proceso psicosocial que preserva algunos rasgos esenciales tanto en el individuo como en su sociedad.
La búsqueda incesante de saber qué identidad adulta se va a constituir es angustiante, y las fuerzas necesarias para superar estos microduelos y los duelos aun mayores de la vida diaria, se obtienen de las primeras figuras introyectadas que forman la base del yo y del superyo, de este mundo interno del ser. La integración del yo se produce por la elaboración del duelo por partes de sí mismo y por sus objetos. Un buen mundo interno surge de una relación satisfactoria con los padres internalizados y de la capacidad creadora que ellos permiten, corno lo señala Arminda Aberastury, quien destara que ese mundo interno, que posibilita una buena conexión interior, una huida defensiva en la cual el adolescente "mantiene y refuerza su relación con los objetos internos y elude los externos", es el que facilita un buen reajuste emocional y el establecimiento de la identidad adolescente.
En la búsqueda de la identidad adolescente, el individuo, en esa etapa de la vida, recurre como comportamiento defensivo a la búsqueda de uniformidad, que puede brindar seguridad y estima personal. Allí surge el espíritu de grupo al que tan afecto se muestra el adolescente. Hay un proceso de sobreidentificación masiva, en donde todos se identifican con cada uno. A veces el proceso es tan intenso que la separación del grupo parece casi imposible y el individuo pertenece más al grupo de coetáneos que al grupo familiar. No puede apartarse de la "barra" ni de sus caprichos o modas.
El grupo constituye así la transición necesaria en el mundo externo para lograr la individuación adulta.
La necesidad que la realidad impone de renunciar al cuerpo, al rol y a los padres de la infancia, así como a la bisexualidad que acompañaba a la identidad infantil, enfrenta al adolescente con una vivencia de fracaso o de impotencia frente a la realidad externa. Esto obliga también al adolescente a recurrir al pensamiento para compensar las pérdidas que ocurren dentro de sí mismo y que no puede evitar. Las elucubraciones de las fantasías conscientes —me refiero al fantasear— y el intelectualizar, sirven como mecanismos defensivos frente a estas situaciones de pérdida tan dolorosas.
Arminda Aberastury dice que sólo teniendo una relación adecuada con objetos internos buenos y también con experiencias externas no demasiado negativas, se puede llegar; a cristalizar una personalidad satisfactoria.
En cuanto a la religiosidad, fenomenológica-mente se observa que el adolescente puede manifestarse como un ateo exacerbado o como un místico muy fervoroso, como situaciones extremas. Por supuesto, entre ellas hay una gran variedad de posiciones religiosas y cambios muy frecuentes. Es común observar, que un mismo adolescente pasa incluso por períodos místicos o por períodos de un ateísmo absoluto. Esto concuerda con toda la situación cambiante y fluctuante de su mundo interno.
Esto nos explica como el adolescente puede llegar a tener tanta necesidad de hacer identificaciones proyectivas con imágenes muy idealizadas, que le aseguren la continuidad de la existencia de sí mismo y de sus padres infantiles. La figura de una divinidad, de cualquier tipo de religión, puede representar para él una salida mágica de este tipo.
El adolescente vive con una cierta desubicación temporal; convierte el tiempo en presente y activo como un intento de manejarlo. Las urgencias son enormes y a veces las postergaciones son aparentemente irracionales.
El adolescente tiene dificultad para distinguir presente-pasado-futuro.
Como defensas, el adolescente espacializa el tiempo, para poder "manejarlo" viviendo su relación con el mismo como con un objeto. Esto está relacionado con el sentimiento de soledad tan típico de los adolescentes, que presentan esos períodos en que se encierran en sus cuartos, se aíslan y retraen. Estos momentos de soledad suelen ser necesarios para que "afuera" pueda quedar el tiempo pasado, el futuro y el presente, convertidos así en objetos manejables. La verdadera capacidad de estar solo es un signo de madurez, que sólo se logra después de estas experiencias de soledad a veces angustiantes de la adolescencia.
En la evolución del autoerotismo a la heterosexualidad que se observa en el adolescente, se puede describir un oscilar permanente entre la actividad de tipo masturbatorio y los comienzos del ejercicio genital, que tiene características especiales en esta fase del desarrollo, donde hay más un contacto genital de tipo exploratorio y preparatorio, que la verdadera genitalidad procreativa, que sólo se da, con la correspondiente capacidad de asumir el rol parental, recién en la adultez.
Es normal que en la adolescencia aparezcan períodos de predominio de aspectos femeninos en el varón y masculinos en la niña. Es necesario tener siempre presente el concepto de bisexualidad, y aceptar que la posición heterosexual adulta exige un proceso de fluctuaciones y aprendizaje en ambos roles.
La actitud social reivindicatoria del adolescente se hace prácticamente imprescindible.
La sociedad, aun manejada de diferente manera y con distintos criterios socioeconómicos, impone restricciones a la vida del adolescente. El adolescente, con su pujanza, con su actividad, con la fuerza reestructuradora de su personalidad, trata de modificar la sociedad, que por otra parte, está viviendo constantemente modificaciones intensas.
En la medida en que el adolescente no encuentre el camino adecuado para su expresión vital y la aceptación de una posibilidad de realización, no podrá nunca ser un adulto satisfecho.
Es decirlas actitudes reivindicatorias y de reforma social del adolescente pueden ser la cristalización en la acción de lo que ha ocurrido ya en el pensamiento. Las intelectualizaciones, fantasías conscientes, necesidades del yo fluctuante que se refuerza en el yo grupal, hacen que se transformen en pensamiento activo, en verdadera acción social, política, cultural, esta elaboración del proceso de la. adolescencia que es tan fundamental en todo el desarrollo evolutivo del individuo.
La conducta del adolescente está dominada por la acción, que constituye la forma de expresión más típica en estos momentos de la vida, en que hasta el pensamiento necesita hacerse acción para poder ser controlado.
El adolescente no puede mantener una línea de conducta rígida, permanente y absoluta, aunque muchas veces la intenta y la busca.
Es una personalidad permeable, que recibe todo y que también proyecta enormemente, es decir, es una personalidad en la que los procesos de proyección e introyección son intensos, variables y frecuentes.
Uno de los duelos fundamentales que tiene que elaborar el adolescente es el duelo por los padres de la infancia.
La aparición de la capacidad efectora de la genitalidad impone la separación de los padres y reactiva los aspectos genitales que se habían iniciado con la fase genital previa. La intensidad y calidad de la angustia con que se maneja la relaci1ón con los padres y su separación de éstos, estará determinada por la forma en que se ha realizado y elaborado la fase genital previa de cada individuo, a la que se sumarán, por supuesto, las experiencias infantiles anteriores y ulteriores y la actual de la propia adolescencia.
Un sentimiento básico de ansiedad y depresión acompañarán permanentemente como substrato a la adolescencia.
La cantidad y la calidad de la elaboración de los duelos de la adolescencia determinarán la mayor o menor intensidad de esta expresión y de estos sentimientos.
La intensidad y frecuencia de los procesos de introyección y proyección pueden obligar adolescente a realizar rápidas modificaciones de su estado de ánimo ya que se ve de pronto sumergido en las desesperanzas más profundas, o cuando elabora y supera los duelos, puede proyectarse en una elación que muchas veces suele ser desmedida.
Los cambios de humor son típicos de la adolescencia y es preciso entenderlos sobre la base de los mecanismos de proyección y de duelo por la pérdida de objetos que ya he descripto; al fallar estos intentos de elaboración, tales cambios de humor pueden aparecer como microcrisis maníacodepresivas.
La perdida que debe aceptar el adolescente al hacer el duelo por el cuerpo es doble: la de su cuerpo de niño cuando los caracteres de sexuales secundarios lo ponen ante la evidencia de su nuevo status y la aparición de la menstruación en la niña y del semen en el varón, que les imponen el testimonio de la definición sexual y del rol que tendrán que asumir, no sólo en la unión con la pareja sino en la procreación. Esto exige el abandono de la fantasía de doble sexo implícita en todo ser humano como consecuencia de su bisexualidad básica.
El duelo frente al crecimiento implica al yo y al mundo externo, y los desniveles entre el crecimiento del cuerpo y la aceptación psicológica de ese hecho son mayores cuando el cuerpo cambia rápidamente, y se incrementa la angustia paranoide de ser invadido.
Sólo cuando el adolescente es capaz de aceptar simultáneamente los dos aspectos, el de niño y el de adulto, puede empezar a aceptar en forma fluctuante los cambios de su cuerpo, y comienza a surgir su nueva identidad. Este largo proceso de búsqueda de identidad ocupa gran parte de su energía y es la consecuencia de la pérdida de la identidad infantil que se produce cuando comienzan los cambios corporales.
El adolescente se presenta como varios personajes, a veces ante los mismos padres, pero con más frecuencia ante diferentes personas del mundo externo, que nos podrían dar de el versiones totalmente contradictorias sobre su madurez, su bondad, su capacidad, su afectividad, su comportamiento, e incluso, en un mismo día, sobre su aspecto físico.
La relación infantil de dependencia se va abandonando paulatina y dificultosamente. La impotencia frente a los cambios corporales, las penurias de la identidad, el rol infantil en pugna con la nueva identidad y sus expectativas sociales hacen que se recurra a un proceso de negación de los mismos cambios, que concomitantemente se van operando en las figuras y las imágenes correspondientes de los padres y en el vínculo con ellos, que por supuesto no permanecen pasivos en estas circunstancias, ya que también tienen que elaborar la pérdida de la relación de sometimiento infantil de sus hijos, produciéndose entonces una interacción de un doble duelo, que dificulta aun mas este aspecto de la adolescencia. Se pretende no sólo tener a los padres protectores y controladores, sino que periódicamente se idealiza la relación con ellos, buscando un suministro continuo que en forma imperiosa y urgente debe satisfacer las tendencias inmediatas, que aparentemente facilitarían el logro de la independencia.
Las contradicciones de pensamiento de este tipo, tan frecuentes en la adolescencia, nos muestran la falta de elaboración conceptual y la permanencia en niveles inferiores de este proceso. Esta misma contradicción produce perplejidad en el manejo de las relaciones objetales parentales internalizadas y rompe la comunicación con los padres reales externos, ahora totalmente desubicados en el contexto de su personalidad. Figuras idealizadas deben sustituirlos, y entonces el adolescente se refugia en un mundo autista de meditación, análisis, elaboración de duelo, que le permite proyectar en maestros, ídolos deportivos, artistas, amigos íntimos y su diario, la imagen paterna idealizada. Esta soledad periódica del adolescente es activamente buscada por él, ya que facilita su conexión con los objetos internos en este proceso de pérdida y sustitución de los mismos que va a terminar enriqueciendo él yo.
Generalmente al comienzo de un tratamiento la familia acepta con alivio la presencia del acompañante terapéutico ya que se siente imposibilitada de contener al paciente. A medida que el proceso terapéutico se va desarrollando y una vez superada la crisis, la familia frecuentemente empieza a resistirse al tratamiento y por ende también a la presencia del acompañante.
Una de las formas que suele adoptar esta resistencia es la propensión a hacer del paciente el depositario único de los conflictos familiares y a su vez a colocarlo a éste en manos del equipo, desentendiéndose. El AT suele ser el que más rápidamente acusa los efectos de esta situación por ser el representante del equipo más cercano a la familia. Su tarea es, en previsión, de estos casos, observar atentamente para poder transmitir al equipo la información necesaria y, a la vez, catalizar las ansiedades del grupo familiar en la medida de sus posibilidades.
La presencia del AT, más allá de las connotaciones positivas que suele tener para la familia en su comienzo, es también intrusiva. La familia suele sentirse examinada, invadida o espiada en su ámbito natural. Pueden producirse diferentes reacciones defensivas. Por ejemplo, intentar modificar la interacción en presencia del AT mostrando solo los comportamientos “apropiados”. Este modo ficticio de actuar suele ceder rápidamente para dar lugar la interacción habitual. Otra defensa que puede ser instrumentada es la de responsabilizar al AT por conductas desajustadas del paciente. El objetivo, ante el paciente, es presionarlo para que vuelva a responder a las expectativas familiares. De este modo se niegan las limitaciones del paciente, su enfermedad, sus propios conflictos a la vez que se desacreditan o boicotean las mejoras reales en el estado psíquico del enfermo.
La familia oscila entre el control del vinculo del AT con el paciente, dificultándolo o entrometiéndose en las actividades, y la transferencia de responsabilidades al AT por eventuales “desarreglos”.
La tarea del AT con la familia del paciente es ardua. Por un lado, tendrá que ganarse la confianza, prestándose como figura capaz de entender sus hábitos y códigos.
Para cumplir con su tarea es necesario que el AT tolere y metabolice las reacciones de descrédito, indiferencia o agresividad de la familia. Es imprescindible que el AT comprenda que estas reacciones se incluyen en el contexto general del tratamiento. Evitará de este modo transformarlas en situaciones de enojo o pugna personal que pueden conducirlo a enfrentamientos estériles.
Toda familia difiere de las demás familias de la misma manera en que difiere toda impresión digital, toda personalidad o todo rostro. Por lo tanto nuestra forma de acercarnos a ella también será distinta en cada caso particular. A veces podremos trabajar con los padres de los pacientes guiándolos, aconsejándolos a que también ellos deben realizar un tratamiento tener su propio equipo terapéutico y además realizar una terapia familiar, pues si el paciente es el único tratado será muy difícil cambiar o mejorar la realidad vivida por el grupo familiar.
Otras la familia actuara como que aquí no pasa nada, entonces si el paciente lo permite tendremos que guiarlo a él a aceptar la familia que le toco tener, y apoyarlo a proyectarse hacia un futuro reforzando su autoestima .
Y así habrá tantas formas de abordaje terapéutico como pacientes que nos toque acompañar, debemos estar preparados para observar, escuchar, y luego tratar de actuar en las medidas de nuestras posibilidades y de la apertura o no de la familia y el paciente.
Bibliografía:
Kuras de Mauer Susana, Acompañantes terapéuticos y pacientes psicóticos
Aberstury Erminda, Knobel Mauricio, La adolescencia normal
Tashman Harry, La familia neurótica de nuestro tiempo
Barylko Jaime, El miedo a los hijos
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