Psicologos, Psiquiatras y Acompañantes Terapeuticos
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REDBA - RED ASISTENCIAL DE BUENOS AIRES DIRECTOR GENERAL: Lic. Sergio Sáliche CURSO: Acompañante Terapéutico (Nivel Inicial) DOCENTE: Lic. Sergio Sáliche MONOGRAFÍA: "Acompañamiento terapéutico y perversión" AUTORES: Ignacio Floridi, Paula Oppedisano y Ma. Carolina Scelza Perata CURSADA: Segundo Cuatrimestre de 2007 ENTREGA CERTIFICADO: 01 de SEPTIEMBRE de 2007 |
ÍNDICE:
- Introducción: Perversión
- Perversiones en el siglo XIX
- Perversión y psicoanálisis
- Acompañamiento terapéutico y perversión
- Bibliografía
Introducción: Perversión
Debido a la variada utilización
popular y profesional, el término perversión presenta interminables
dificultades. En particular porque se lo relacionó (erróneamente)
con supuestas "desviaciones" sexuales. Concepción desechada
en la actualidad. En este sentido la psiquiatría y psicología
adoptaron para las situaciones relacionadas con lo sexual "disfunciones"
o directamente "parafilias". Y se observa que en los manuales de diagnóstico
de los trastornos mentales (DSM-IV y CIE 10) se desecha la denominación
de perversión; este mal uso o abuso del termino perversión, provocó
que poco se investigara sobre esta patología, que se la asocie exageradamente
a la delincuencia y que termine, quizás, formando parte más del
mundo legal que del discurso psicopatológico. Otro fuerte punto a favor
de esta falta de investigación clínica deviene de la misma sintomatología
de la perversión, que, por no provocar en las mayoría de los casos
ningún síntoma egodistónico, no se presenta en el sujeto
la necesidad de buscar ningún tipo de tratamiento, ya que nada de lo
que le ocurre (en este sentido) le produce padecimiento.
Perversiones en el siglo
XIX
Poco se supo de la perversión
antes del aporte del psicoanálisis en el tema, a finales del siglo XIX,
sin embargo, los observadores preanalíticos estudiaban las perversiones
como anomalías del instinto, esto es, corrientes instintivas que emergían
irrumpiendo una vida psíquica normal en todos los demás aspectos,
se acercaban ya a la idea de asociar la perversión con la sexualidad,
contexto que marcará firmemente el nacimiento del término en la
teoría psicoanaítica.
Perversión y psicoanálisis
El caso del psicoanálisis
se convierte en una lectura particular, porque desde la perspectiva del psicoanálisis,
la perversión se aleja de las parafilias y toma valor como una de las
tres grandes estructuras nosográficas: psicosis, neurosis y perversión.
Cabe diferenciar al psicoanálisis francés de otras posturas, por
ejemplo de aquellas que sostienen una linealidad continuada de patologías
de las cuales es posible entrar o salir. En el caso psicoanalítico se
plantea una seriación de las estructuras, por lo que la constitución
subjetiva de un sujeto no es modificable en ese sentido. Esto da lugar a muchas
confusiones porque esta teoría no sostiene, entonces, la salida de estas
estructuraciones básicas sino diferentes maneras de situarse estas relaciones
subjetivas.
Se trata entonces de los modos que una persona encuentra de ubicarse frente
al Otro, frente a la significación y la constitución subjetiva
del mismo. Para entender esto es preciso distinguir que la psicología
tradicional realiza sus diagnósticos a partir de sucesos fenomenológicos
observables, como por ejemplo mediante una descripción de comportamientos
al modo de los manuales diagnósticos. El psicoanálisis parte de
una base organizativa mayor por lo que los rasgos sintomáticos no bastan
para definir una estructura. Por otra parte el psicoanálisis cuestiona
la distinción tradicional normalidad - enfermedad por considerarla dependiente
de la connotación médica, debido a que bajo una lectura psicoanalítica,
todas las personas presentarían un posicionamiento en alguna de las tres
grandes categorías.
Se parte así de un origen lógico en relación a la dinámica
edípica, y una fuerte concepción teórica pero de difícil
apreciación por parte de aquellas personas (profesionales o no) que no
se encuentran familiarizadas con la lógica teórica ni con la terminología
característica del psicoanálisis.
Las estructuras básicas dependen de una relación simbólica
en la dialéctica también simbólica del paso edípico
del ser al tener. Cobra importancia el significante en relación a la
falta y la completud del Otro (significante fálico). Planteado así,
se parte de momentos lógicos cruciales y determinantes en la constitución
del sujeto, y de diferentes maneras según las cuales un sujeto se relaciona
o no con lo simbólico de estas apreciaciones. Así cobra importancia
la posible intervención del significante llamado paterno (no del padre
real, sino de lo denominado "función del padre") y su intervención
en la dialéctica.
En este sentido los tres grandes caminos posibles:
En la neurosis la inscripción de la significación primordial es
reprimida, Freud referirá entonces al término Verdrängung
(Represión) al hablar de la etiología de la neurosis, término
retomado luego por Lacan al referir a las estructuras psíquicas, tomando
entonces a la estructura neurótica como aquella que esta basada en inscripción
de la función significante como punto de origen para luego reprimir dicho
significante primordial.
La neurosis se describe en relación a la función simbólica
relacionada con la instancia de demarcación de una legalidad en relación
a la triangulación edípica (significante nombre del padre). En
este punto es necesario aclarar que el psicoanálisis plantea diferenciar
la estructura perversa de los rasgos perversos en la neurosis, ya que la sexualidad
del sujeto se marcará siempre con rasgos perversos, lo que lleva a Freud
a realizar una distinción cuantitativa al respecto de la perversión.
Para la psicosis el término utilizado es Verwerfung (Forclusión),
a diferencia de la neurosis donde se reprime la significación, en este
caso se la expulsa del aparato psíquico. Este término al que hace
referencia Freud, es tomado por Lacan como punto de origen de la estructura
psicótica.
Para la perversión el término utilizado por Freud es Verleugnung
(renegación), aquí
la significación del significante primordial se mantiene, pero no se
deja de renegar contra ella. Así el perverso queda capturado en la dialéctica
del ser y el tener, donde la terceridad será reconocida pero solo para
no dejar de impugnarla (desafío y trasgresión).
En términos psicoanalíticos: Se cree en la castración y
a la vez se reniega de ella, es decir se sabe concientemente de la falta estructural
que remite simbólicamente a la falta de pene en la mujer, aunque en rigor
nada le falte. Lo que ocurre es una manera particular de significar el hecho
evitando la angustia. Así la significación de la ley se mantiene,
porque la madre (funcional) del perverso no es una madre fuera de la ley, sino
que es una madre fálica, porque el perverso mantiene en el horizonte
una madre referida a la significación paterna, de otro modo se hablaría
de psicosis. En la perversión el discurso materno se hace el representante
o intermediario de esta terceridad (significante paterno), que no interviene
de manera significante más que fallidamente.
El recorrido freudiano del estudio de la perversión se basa en una desviación
en la elección del objeto de amor y/o en la meta del acto sexual, así,
para Freud, será perverso todo aquel que no alcance la elección
heterosexual del objeto de amor, del mismo modo que aquel que realice prácticas
sexuales que se alejen de los fines reproductivos o de la unión genital.
Entonces, la teoría freudiana queda atrapada en una mera descripción
de las conductas del perverso y en una definición por demás cuantitativa,
proponiéndola como el negativo de la neurosis, ya que es señalada
como un exceso en las conductas sexuales neuróticas, que de por sí,
conllevan algo de perverso, pues sino, no se podría hablar de pulsión
sino de instintos.
Es la lectura de Lacan la que propondrá un nuevo giro en la teorización
de la perversión, alejando ya la patología de la meta sexual o
de la elección de objeto, sitúa al perverso como aquel que deviene
el objeto a del goce del Otro, construyéndose, entonces, su subjetividad
en la posición de instrumento de goce del Otro. En cuanto a la elección
de objeto de amor, Lacan se valdrá del término "responsabilidad
subjetiva", según el cual, todo sujeto es responsable de su elección,
por más que la misma exista sólo en el plano inconciente, pero
lo separa del origen de la perversión, ya que señala que ninguna
elección de objeto de amor puede ser planteada como "normal",
por lo que tampoco se puede indicar ninguna como patológica en sí
misma. Lacan presentará una distancia entre la perversión y la
sexualidad, plantea entonces que el lugar que ocupa el sujeto frente al goce
del Otro, convertirse en su instrumento, y entregarse entonces como suplemento
de aquello que le falta (la mirada y la presencia) lo ubican en una posición
patológica del propio Deseo, perdiendo entonces su posición y
transformándose en un objeto del deseo del Otro.
Por otro lado, para la psiquiatra y terapeuta francesa Marie-France Hirigoyen,
existe la posibilidad de destruir a alguien sólo con palabras, miradas,
mentiras, humillaciones o insinuaciones, un proceso de maltrato psicológico
en el que un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro. Es a lo que denomina
violencia perversa o acoso moral.
El acoso moral propiamente dicho se desarrolla en dos fases: la primera es la
fase de seducción perversa por parte del agresor, que tiene la finalidad
de desestabilizar a la víctima, de conseguir que pierda progresivamente
la confianza en sí misma y en los demás; y la otra, es la fase
de violencia manifiesta.
El primer acto del depredador siempre consiste en paralizar a su víctima
para que no se pueda defender. Pretende mantener al otro en una relación
de dependencia o incluso de propiedad para demostrarse a sí mismo su
omnipotencia. La víctima, inmensa en la duda y en la culpabilidad, no
es capaz de reaccionar.
Todos estos son una serie de comportamientos deliberados del agresor destinados
a desencadenar la ansiedad de la víctima, lo que provoca en ella una
actitud defensiva, que, a su vez, genera nuevas agresiones.
La estrategia perversa no aspira a destruir al otro inmediatamente; prefiere
someterlo poco a poco y mantenerlo a disposición. Lo importante es conservar
el poder y controlar. Intenta, de alguna manera, hacer creer que el vínculo
de dependencia del otro en relación con él es irremplazable y
que es el otro quién lo solicita.
(Al anular las capacidades defensivas y el sentido crítico del agredido,
se elimina toda posibilidad de que éste se pueda rebelar. Éste
es el caso de todas las situaciones en las que un individuo ejerce una influencia
exagerada y abusiva sobre otro, sin que éste último se de cuenta
de ello).
El término de "perversidad" la mayoría de las veces
se reserva para actos de gran crueldad, como es el daño que ocasionan
los asesinos en serie. En todo caso se trata de "depredación",
es decir, acto que consiste en apropiarse de la vida. Esta perversidad no proviene
de un trastorno psiquiátrico, sino de una fría racionalidad que
se combina con la incapacidad de considerar a los demás como seres humanos.
El acosador utiliza una serie de métodos para desestabilizar al otro,
como por ejemplo: burlarse de sus convicciones, ideas o gustos; ridiculizarlo
en público; dejar de dirigirle la palabra; ofenderlo delante de los demás;
privarlo de cualquier posibilidad de expresarse; mofarse de sus con sus puntos
débiles; hacer alusiones desagradables, sin llegar a aclararlas nunca;
poner en tela de juicio sus capacidades de juicio y decisión, entre otras.
La agresión propiamente dicha es constante y se lleva a cabo sin hacer
ruido, mediante alusiones e insinuaciones, sin que podamos decir en qué
momento ha comenzado ni tampoco si se trata realmente de una agresión.
Se presenta continuamente y en forma de pequeños toques que se dan todos
los días o varias veces a la semana, durante meses e incluso años.
Basta que la víctima revele sus debilidades para que el perverso las
explote inmediatamente contra ella.
El mensaje de un perverso siempre es voluntariamente vago e impreciso y genera
confusión. Son precisamente estas técnicas indirectas las que
desconciertan al interlocutor y hacen que éste tenga dudas sobre la realidad
de lo que acaba de ocurrir.
Por ejemplo, en la pareja, sembrar la duda mediante alusiones, o guardar silencio
sobre ciertos asuntos, es una hábil manera de atormentar al compañero,
de reforzar su dependencia y de cultivar sus celos. Lo que pretende es paralizar
a la pareja colocándola en una posición de confusión y
de incertidumbre. Esto le libra de comprometerse en una relación que
le da miedo.
Un verdadero perverso no suelta jamás su presa. Está persuadido
de que tiene razón, y no tiene escrúpulos ni remordimientos. No
suele alzar la voz, ni siquiera en los intercambios más violentos; deja
que el otro se irrite solo para luego acusarlo de que la agresión va
contra él y no al contrario, lo cual no puede hacer otra cosa que desconcertar:
"Desde luego, ¡no eres más que un histérico que no
para de gritar!".
Otro procedimiento perverso consiste en nombrar las intenciones del otro, o
en adivinar sus pensamientos ocultos, con lo que el agresor da a entender que
conoce mejor que la víctima lo que esta piensa.
Pero sin duda, el arte en el que el perverso destaca por excelencia es el de
enfrentar a unas personas con otras, el de provocar rivalidades y celos. Esto
lo puede conseguir mediante esas alusiones que siembran la duda, mediante mentiras
que colocan a las personas en posiciones enfrentadas, o simplemente hace correr
rumores que, de una manera imperceptible, herirán a la víctima
sin que ésta pueda identificar su origen.
La fase de odio o violencia, empieza con toda claridad cuando la víctima
reacciona e intenta obrar en tanto que sujeto y recuperar un poco de libertad.
A partir de este momento abundarán los golpes bajos y las ofensas, así
como las palabras que rebajan, que humillan y que convierten en burla todo lo
que pueda ser propio de la víctima. Esta armadura de sarcasmo protege
al perverso de lo que más teme: la comunicación.
Por otro lado, el perverso puede intentar que su víctima actúe
contra él para poder acusarla de "malvada". Lo importante siempre
es que la víctima parezca responsable de lo que ocurre. Ésta al
principio se justifica, y luego se da cuenta de que cuanto más se justifica,
más culpable parece. (La víctima ideal es una persona escrupulosa
que tiene una tendencia natural a culpabilizarse).
La manipulación funciona tanto mejor cuanto que el agresor es una persona
que cuenta de antemano con la confianza de la otra persona. Mediante un sentimiento
similar al de la protección maternal, ésta considera que tiene
que ayudarlo porque es la única que comprende.
Durante la fase de dominio, los dos protagonistas adoptan sin darse cuenta una
actitud de renuncia que evita el conflicto: el agresor ataca con pequeños
toques indirectos que desestabilizan al agredido sin provocar abiertamente un
conflicto; la víctima renuncia igualmente y se somete, pues teme que
un conflicto pueda implicar una ruptura. Percibe que no hay negociación
posible con su agresor, y que éste no cederá, y prefiere comprometerse
a afrontar la amenaza de la separación.
La víctima se convierte en un chivo expiatorio responsable de todos sus
males. A primera vista, lo que sorprende es el modo en que éstas aceptan
su suerte.
Muchas veces la gente se imagina que la víctima consiente tácitamente
o que es cómplice, conscientemente o no, de la agresión que recibe.
Pero decir que es cómplice no tiene sentido, en la medida que ésta,
por efecto del dominio, no dispone de los medios psíquicos para actuar
de otro modo, está paralizada.
El error esencial de la víctima estriba en no ser desconfiada, en no
considerar los mensajes violentos no verbales. No sabe traducir los mensajes
y acepta lo que se le dice al pie de la letra. Para el perverso, la excusa es
fácil "La trato así porque así es como le gusta que
la trate".
El agredido piensa que si actúa con paciencia, el otro cambiará.
No renuncia porque es incapaz de imaginar que no hay nada que hacer y que es
inútil esperar algún cambio. Por lo demás, si abandona
a su compañero, se sentirá culpable.
Las víctimas parecen ingenuas y crédulas; como no se pueden imaginar
que el otro es un destructor, intentan encontrar explicaciones lógicas
y procuran deshacer los entuertos.
Frente a un ataque perverso, algunas personas se muestran primero comprensivas,
intentan adaptarse: comprenden o perdonan porque aman o admiran.
Si aceptan la sumisión, la relación se instala en esta modalidad
de una forma definitiva: la víctima se encuentra cada vez más
apagada o deprimida y el agresor es cada vez más dominante y se siente
cada vez más seguro de su poder.
El establecimiento del dominio sume a las víctimas en la confusión:
o no se atreven a quejarse o no saben hacerlo. Éstas describen un verdadero
empobrecimiento, una anulación parcial de sus facultades y una amputación
de su vitalidad y de su espontaneidad. Aunque sientan que son objeto de una
injusticia, su confusión es tan grande que no tienen ninguna posibilidad
de reaccionar.
A la hora de afrontar lo que les pasa, las víctimas se sienten solas.
¿Cómo hablar de ello a personas ajenas a la situación?
¿Cómo describir una mirada cargada de odio o una violencia que
tan sólo aparece en lo que se sobreentiende y en lo que se silencia?
El choque tiene lugar cuando uno toma conciencia de la agresión: se sienten
desamparadas y heridas, todo se desmorona. Se instala un estado de ansiedad
permanente.
Tras un determinado tipo de evolución del conflicto, se producen fenómenos
de fobia recíproca: la visión de la persona odiada provoca una
rabia fría en el agresor; la visión del perseguidor desencadena
el miedo de la víctima. Se trata de reflejos condicionados, uno agresivo
y el otro defensivo. El miedo conduce a la víctima a comportarse patológicamente,
algo que el agresor utilizará más adelante como una coartada para
justificar retroactivamente su agresión.
Para el perverso, el mayor fracaso es el de no conseguir atraer a los demás
al registro de la violencia. Su vida consiste en buscar su propio reflejo en
la mirada de los demás. El otro no existe en tanto que individuo, sino
solamente como espejo.
Este tipo de perversos son considerados como psicóticos sin síntomas,
que encuentran su equilibrio al descargar sobre otro el dolor que no sienten
y las contradicciones internas que se niegan a percibir. Presentan una ausencia
total de interés y de empatía por los demás, pero desean
que los demás se interesen por ellos. Para aceptarse a sí mismos
tienen que vencer y destruir a alguien al tiempo que se sienten superiores.
Disfrutan con el sufrimiento de los demás y para afirmarse tienen que
destruir.
Lo que el perverso envidia por encima de todo es la vida de los demás.
Envidia los éxitos ajenos, que le hacen afrontar su propia sensación
de fracaso.
Vencer a este tipo de personajes, es prácticamente imposible. En todo
caso, la víctima debe analizar el problema "fríamente",
dejando de lado la cuestión de culpabilidad. Para ello debe abandonar
su ideal de tolerancia absoluta y reconocer que alguien a quien ama presenta
un trastorno de personalidad que resulta peligroso para ella y que debe protegerse.
Una de las reglas esenciales que debemos cumplir cuando nos acosa un perverso
moral, es dejar de justificarnos. Todas las cosas que hagamos o digamos se pueden
volver en contra nuestra.
Al principio, cualquier cambio de actitud tenderá a provocar un aumento
de las agresiones y de las provocaciones. El perverso, tratará siempre
de culpabilizarnos todavía más...
Como puede verse, esta teoría, como ejemplo de las investigaciones más
recientes, alejan la perversión del plano meramente sexual, separación
ya marcada por Lacan, pero ampliada en esta concepción, describiendo
ahora la patología como algo más que una desviación sexual,
y proponiendo el punto crucial de padecimiento que con ella acarrea.
Acompañamiento terapéutico y perversión
Si nos basamos en la teoría
de Marie-France Irigoyen, el acompañamiento terapéutico debe estar
sostenido, principalmente y como es sabido, por una institución o un
terapeuta que dirija la cura, sobre todo al enfrentar esta patología
ya que conlleva un mayor riesgo al profesional que realice dicho acompañamiento.
Además, sabiendo que no hay vuelta atrás en un perverso, dicho
de otro modo, que no esta contemplada la cura, lo importante es poder desprenderse
de las culpas que el perverso va a depositarnos al estilo de chivo expiatorio.
A pesar de los cambios teóricos que se siguen desarrollando en el tema,
el acompañante terapéutico de un sujeto perverso sigue quedando
más del lado de un oficial de seguridad, no para el paciente, no para
él mismo, sino para terceros, encargado de evitar los excesos que conlleva
la misma patología y que ponen en riesgo, principalmente, al núcleo
social del enfermo.
No existen teorías que aporten herramientas para afrontar esta patología,
sigue relacionada más con el castigo y la pérdida de la libertad
que con una noción de padecimiento, enfermedad o cura, por lo que, y
como ya se ha señalado, son muy bajas las probabilidades de que un perverso
acuda a una consulta psicológica por su propia voluntad, por tanto son
escasas las probabilidades de realizar un acompañamiento terapéutico
en un caso de esta índole, quedando aún esta patología
más encerrada en el plano judicial que en el médico o psicológico,
sin embargo, se hace evidente la necesidad de encarar con estas personas algún
tipo de tratamiento, que encarrile su goce y permita, de esta manera, evitar
los riesgos para sí mismo o para terceros, aprendiendo un nuevo modo
de sociabilizarse y desprendiéndose de aquellas conductas que ponen en
riesgo su propia integridad como también la de los demás.
Por esto, creemos que el acompañamiento terapéutico puede ser
de gran utilidad frente al tratamiento de un sujeto perverso, sin embargo, hay
que tener especial cuidado ante la evolución de la cura, ya que el riesgo
es muy alto para la persona que realice el acompañamiento, por lo que
debe ser un profesional con gran experiencia en psicopatología, y, al
mismo tiempo, contar con una red de contención importante que le facilite
el abordaje de este paciente.
Bibliografía
* Freud, S., (1905) "Tres
ensayos sobre una teoría sexual". En Obras Completas, Amorrortu,
1979, vol. IV.
* Freud, S., (1923) "La organización genital infantil". En
Obras Completas, Amorrortu, 1988, vol. XIX.
* Freud, S., "Pegan a un niño". En Obras Completas, Amorrortu.
* Freud. S., "Problemas económicos del masoquismo". En Obras
Completas, Amorrortu.
* Freud. S., (1908) "Fantasías histéricas y su relación
con la bisexualidad". En Obras Completas, Amorrortu, vol. IX.
* Ey H., "Tratado de psiquiatría", ed. Toray Masson.
* Lacan, J., "El seminario, libro 10: La angustia". Inédito.
* Lacan, J., "El seminario, libro 16: De otro al otro". Inédito.
* Acoso moral . Marie-France Irigoyen. http://www.clinicapsi.com/perversiones.htm
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